1) Mi abuelo, del que me acuerdo tan poco que me asusta, vivía en una casa vieja de la calle Carretas. De él recuerdo, un cuento con olor a madera. Siempre el mismo y siempre contado a la hora la siesta. Yo al parecer era difícil de dormir y me daba tranquilidad escuchar los pitidos constantes de su bronquitis crónica.
2) El olor a Hierbaluisa del patio de mi abuela. Una abuela de la que descubrí pasados los diez, que no lo era, a pesar de nuestras muchas semejanzas. Desde entonces dejé de leer cuentos en los que las madrastras eran brujas, por embusteros y manipuladores. Y a la que echo de menos tanto como ella me dio de más.
3) Un día de reyes que pasé odiando a mi padre a mi madre y a todo ser viviente, porque tuvieron a bien regalarme una muñeca larguirucha que no hacia más que saltar de manera agotadora con una comba de alambre. Yo quería un tocadiscos como el de mi vecina. Tardé muchos años en conseguirlo.
4) Mis tardes de tertulia en Malasaña, a donde me llevaban/traían con apenas 12 años, unos vecinos estudiantes de filosofía y donde dejé de querer ser mayor, para querer ser astronauta de la “Vía Láctea”. Desde entonces me enamoré de este trozo de asfalto.
5) Una tarde en el Retiro en que se me declaró el primer hombre de mi vida, ese que luego fue de otras, pero siempre un poco mío. Mi mejor amigo desde hace tanto tiempo, que la cerveza me sabe a su nombre.
6) La primera de las muchas veces que terminé de leer “Cien años de soledad”. Todas y cada una de ellas hacía que me sintiera menos sola. Recurro a menudo a su lectura.
7) La primera vez que sentí que el amor era también una cuestión de piel. El amor, ese que un día llega y después cambia y se compone y se recompone y te llena de felicidad, y te hunde en la melancolía y te pide perdón, y se queda y se marcha para siempre. Ese al que pedí una piel que acariciar y fue capaz de dejar su pellejo por mi, por nosotras.
La madrugada de un 10 Febrero, mientras mi hija intentaba acometer los acordes de los “Barón Rojo” a golpe de contracción (siempre supe que amaría la música). Y más tarde, sólo poco más tarde, cuando nació de nuevo mi niña de oro, compensando con arte todas sus cicatrices.
9) A mi pesar, recuerdo la sonrisa rota de mi hermano, más que a mi hermano mismo y el grito de dolor de una mujer, su madre, la mía, a la que arrancaron de cuajo un puñado del alma y que después de aquel grito se quedó en silencio y a veces deja de estar, aunque nunca de ser.
10) Una nochevieja a unos cuantos miles de kilómetros de mi hija. Ser consciente por primera vez de la distancia, del miedo a no tener las piernas lo suficientemente largas como para correr a su encuentro, ni los brazos para evitarle un rozón en las rodillas.
11) Muchos paseos por Gredos en la mejor de las compañías, con Grunge y Pipo, mis perros, impregnándome los dedos con la miel de las jaras, consciente del privilegio de disponer de un pedacito del paraíso.
12) Hay muchos, muchos más recuerdos, pero tal vez el más nítido, el más importante, el que consigue hacerme sentir y ser y estar y temer y reir y hasta a veces llorar, sea la primera vez que escuche el llanto de mi hija, sin duda su mejor poema.
(Me uno a la primera vez. Esta fué la mía).









